El lado oscuro de Brasil

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A pocos días del inicio del torneo, los brasileños se quejan del gasto que demandó llevar a cabo la Copa del Mundo. Denuncias, manifestaciones y divisiones políticas opacan la fiesta. La decisión política de organizar la Copa del Mundo fue tomada hace muchos años por el ex presidente de Brasil, Lula Da Silva. Y la actual mandataria Dilma Rousseff, que heredó la iniciativa, lo tomó como una cuestión personal.

 

Sabía Rousseff, que iba a tener algunos inconvenientes en el camino hacia el 12 de junio, día de la apertura del certamen, pero nunca imaginó que las peleas intestinas partidarias de su país y las quejas razonables de algunos sectores de la sociedad le causarían tantos trastornos. Marchas, huelgas, piquetes, denuncias de corrupción y sospechas de sobornos fueron protagonistas cotidianos de la vida brasileña de los últimos meses.

El puntapié inicial del Mundial está a un paso y las sensaciones de alegría y bronca se mezclan de manera constante. Brasil, el país futbolero por naturaleza, el eje fundamental del talento llevado a una cancha de fútbol, será el centro de todas las miradas del planeta, no sólo por la congregación de estrellas en los campos de juego, sino también por las consecuencias que tendrá tanto movimiento social alrededor de una pelota.

Dilma arrancó su mandato hace cuatro años sabiendo que había un mundial en marcha. No fue un problema inicial para ella. Había otras cuestiones sociales y políticas a resolver. Fue andando. Hasta que un día se encontró con el torneo a pocos meses. Las obras ya habían comenzado, las protestas por el gasto de dinero para llegar a tiempo, también. Brasil, sede de la Copa por segunda vez en su tierra (la primera fue en 1950), será el que mayor gasto realice en la celebración de este campeonato.

A la hora del inicio del certamen, algunos estadios no estarán al ciento por ciento de su construcción y organización para un Mundial. Por ejemplo, en San Pablo, el Itaqueirao (del club Corinthians, del que es fanático Lula) hecho a nuevo, tendrá un maquillaje para aparentar que su obra ha finalizado, pero no será así. Terminará, por completo, casi al final del certamen. Es precisamente allí, en el barrio de Itaquera, uno de los más poblados de la capital paulista, donde en los últimos días se efectuaron varias manifestaciones contra el Mundial. El líder del Movimiento Sin Tierra, Guilherme Boulos, una agrupación que lucha para que los más humildes tengan una vivienda, advirtió: “Si antes del Mundial no se resuelve el tema de nuestras viviendas, la Copa tendrá problemas”. El MST siempre estuvo enfrentado al gobierno de Dilma y la enemistad subió con el torneo. El MST intenta frenar, también, que Dilma sea reelecta en octubre próximo. Ese mes habrá elecciones presidenciales y Rousseff va por su segundo mandato. Por eso, algunos dirigentes oficialistas estiman que hay expresiones contra la Copa que tienen como finalidad opacar la figura de la presidenta, quien lidera las encuestas para seguir como primera mandataria.

Las manifestaciones populares, ante todo estudiantiles, por la intención de la suba del boleto de ómnibus, comenzaron el año pasado y se realizaron en varias ciudades. Hubo muchas quejas porque parte de ese dinero del incremento del pasaje iría para solventar algunos gastos de construcción de rutas. Las expresiones populares pedían que ese dinero se destinara a la educación o la salud. Pero también hubo otras expresiones, como la de los acuartelamientos de las policías de Bahía y de Pernambuco (ambas sedes de la Copa) que tuvieron una intencionalidad más política. De esa manera se dejó a esos dos centros importantes de la organización del Mundial sin protección ciudadana. Dilma optó por enviar allí a parte de las fuerzas armadas, pese a que en un principio se negó, para evitar robos y saqueos, algo que sucedió por dos días en ambas localidades. También Río de Janeiro fue un epicentro de quejas populares. Es que los cariocas, por ejemplo, cuestionaban los gastos que demandaron para poner en condiciones al templo del fútbol. En el Maracaná se gastaron 500 millones de dólares para su remodelación completa, estadio donde se disputará la final del mundo.

Así las cosas a pocos días de mover el balón. Faltan pocas horas para el encuentro más importante del fútbol a nivel mundial. Ya están todas las delegaciones conformadas y a medida que pasan las horas ya irán llegando a tierra brasileña. Los organizadores, incluida Dilma, creen que con el inicio de los partidos (serán 64 en total) el clima irá cambiando y la fiesta se instalará en todo su territorio.

Brasil será el eje del mundo durante 30 días. La Copa está en marcha y las sensaciones cambiarán, quizá con los resultados. Hay una cuestión política que saltó a la luz con la organización del certamen. Dilma lo sabe y deberá responder con la fortaleza que la caracteriza. No es una cuestión deportiva. Más allá de quién será el campeón, Rousseff va por la reelección y si gana tendrá que responder con hechos tantas demandas. Para entonces, la Copa será un recuerdo.

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